El concepto de explicación en las ciencias sociales

Lluís Ballester Brage (Universidad de las Islas Baleares)

El concepto de explicación en las ciencias sociales

En: Papers 77, 2005, pp. 181-204.

Resumen:

“Este artículo pone de relieve la importancia que tiene para las ciencias sociales pensar la teoría de la explicación. Más allá de la tradición sociológica que ratifica sin reservas la legitimidad de la teoría clásica de la explicación o que acepta sin reservas el individualismo metodológico, este artículo asume una reflexión epistemológica dirigida a interrogarse sobre las consecuencias de aceptar una u otra concepción. Intentaremos en estas páginas una aproximación crítica a los últimos desarrollos que tal cuestión ha merecido, fundamentalmente, de los neomarxistas analíticos británicos.”

Las explicaciones teleológicas y el modelo nomológico-deductivo

Margarita Ponce (Universidad Nacional Autónoma de México – Instituto de Investigaciones Filosóficas)

Las explicaciones teleológicas y el modelo nomológico-deductivo

En: Diánoia, Vol. 27, No. 27, 1981.

Introducción:

“En la raíz del reconocimiento de que las explicaciones teleológicas son genuinas explicaciones, valiosas y útiles para la ciencia y que, además, son irreductibles a las no-teleológicas, se hallan las tesis siguientes: a) ellas revelan uno de los modos básicos en los que opera la razón humana: el que busca la inteligibilidad 0 la comprensión de los objetos -situaciones, hechos 0 sucesos- a través de sus resultados o consecuencias. Y, b) en virtud de esta dirección peculiar de nuestros intereses cognoscitivos, las explicaciones teleológicas difieren esencialmente de otros tipos de explicación, por ejemplo, de las causales, que surgen del modo de razonar que trata de comprender los objetos descubriendo los nexos que guardan con algunas de las condiciones antecedentes que los hacen posibles. Ciertamente las tesis anteriores son motivo de controversia, como lo muestra el hecho de que muchos autores que tratan de la teleologia, por ejemplo, Beckner, Ruse, Hempel y Bunge, no sólo no las aceptan, sino que aducen toda suerte de argumentos para negar que tales explicaciones posean valor explicativo.

En el presente trabajo examino, precisamente, el argumento que considero decisivo para aceptar o rechazar el carácter explicativo de las explicaciones teleológicas. Este argumento alude a la existencia de alternativas funcionales en los organismos y desemboca en dos posiciones antagónicas: 1) si una misma necesidad vital puede ser satisfecha, indistintamente, de varias maneras o por diversos mecanismos, las explicaciones teleológicas no podrán expresarse como argumentos deductivos, ya que todas las cosas capaces de realizar la misma función deberán estar representadas en la conclusión. Y estas explicaciones tendrán por ello, en el mejor de los casos, sólo un valor heurístico. 2) Si por lo contrario, a partir de un examen cuidadoso de los datos empíricos disponibles, no puede establecerse la existencia de tales alternativas, o dicho de otro modo, si es posible afirmar la existencia única del tipo de objeto funcional (en cada caso), las explicaciones teleológicas resultarán necesarias, lo mismo que las causales, en la tarea de aclarar y sistematizar nuestros conocimientos.

En defensa de (2) y con el fin de enmarcar mejor el problema, explicitaré, en primer término, la caracterización de las explicaciones teleológicas que llamo “estandar“. En ella afloran algunos prejuicios muy arraigados sobre la explicación en general y sobre la teleológica en particular; por ejemplo, el de que “explicar” equivale a “explicar causalmente” y el de que las entidades funcionales se explican causalmente por su contribución al logro de fines específicos. Luego me ocuparé de la naturaleza de la explicación, puesto que las creencias que se tengan sobre ella determinan también nuestro modo de concebir funciones y fines y, por ende, determinan (o restringen) el tipo de argumentos en los que pueden figurar. Finalmente trataré la posible reconstrucción de enunciados funcionales a la luz del modelo nomológico-deductivo de explicación.”

Sobre la atribución de intenciones

Daniel Gonzáles Lagier (Universidad de Alicante)

Sobre la atribución de intenciones

Introducción:

“La atribución de intenciones, esto es, la asignación a la acción realizada por un agente de la propiedad de haber sido realizada por éste para lograr un objetivo determinado (o, dicho de otra manera, la respuesta a la pregunta “¿con qué propósito hizo A la acción x?”) es una cuestión con múltiples facetas interesantes, tanto desde el punto de vista filosófico como desde el punto de vista jurídico. Algunas de ellas son las siguientes:

a) En primer lugar, se trata de una cuestión que atañe a la prueba judicial de los hechos. La atribución de una intención a la acción de un agente es necesaria para dos tipos de propósitos: Por un lado, para determinar qué tipo de acción es la que el agente ha realizado (por ejemplo, establecer si al disparar se tenía la intención de matar o meramente de lesionar es una circunstancia relevante para la descripción de la acción y su clasificación como un tipo u otro de acción). Por otro lado, para concluir si la acción fue realizada con dolo (y en qué grado) o imprudentemente. Por tanto, determinar la intención con la que se actuó no sólo puede ser relevante para la prueba del dolo, sino también para probar que se realizó una acción de un tipo concreto.

b) En segundo lugar, plantea el clásico problema filosófico del conocimiento de los estados mentales. Los hechos internos o estados mentales -como la intención, las creencias o las emociones- tienen unas características peculiares que los distinguen marcadamente de los hechos externos. Por ejemplo: tenemos acceso a ellos por medio de la consciencia, es decir, un tipo de conocimiento al margen de la evidencia empírica (o de inferencias a partir de ella); y tienen un modo subjetivo de existencia (los dolores, temores, sensaciones, deseos, etc. pertenecen al sujeto de una manera exclusiva y sólo ese sujeto es consciente directamente de ellos). Los hechos externos, por el contrario, pueden ser conocidos a partir de la observación empírica (y de inferencias a partir de ella) y son objetivos, en el sentido de que existen con independencia de su percepción por parte de los sujetos. Estas peculiaridades -entre otras- han suscitado entre los filósofos muchas dudas acerca de si son hechos en el mismo sentido que los hechos externos, acerca de cómo “encajan” en la concepción científica del mundo y acerca de cómo pueden ser conocidos por terceros.

c) En tercer lugar, la atribución de intenciones tiene que ver también con el problema filosófico de la explicación de la acción y de cuál es el modelo adecuado para tal explicación, lo que a su vez tiene relevancia para la cuestión metodológica de si las ciencias humanas tienen un patrón de explicación distinto del propio de las ciencias de la naturaleza. Frente al monismo metodológico, que sugiere que existe un mismo modelo de explicación para todos los fenómenos, el dualismo metodológico trata de mostrar que la explicación de la acción humana, tomada como un fenómeno con significado, requiere partir de la intención del agente para dar cuenta de por qué realizó la acción sin incurrir en ningún tipo de reduccionismo.

c) Y, en fin, en cuarto lugar, apunta también al problema planteado desde la filosofía de la acción acerca de si el lenguaje de las acciones es propiamente descriptivo o, por el contrario, es adscriptivo y normativo. En “The Adscription of Responsibility and Rights”, H.L.A. Hart sostuvo que “nuestro concepto de acción, como nuestro concepto de propiedad, es un concepto social que depende lógicamente de reglas de conducta generalmente aceptadas. Es un concepto, en su caracterización fundamental, no ya descriptivo, sino adscriptivo”. En esto (a través de la tesis de que las intenciones no se descubren, sino que se imputan), en ocasiones la doctrina procesal y los jueces han sostenido tesis próximas a las de Hart (aunque éste último se retractó posteriormente del adscriptivismo).

Todos estos puntos están relacionados y mi trabajo tratará de recorrerlos y tomar postura, explícita o implícitamente (y en ocasiones sin mayor profundización), sobre cada uno de ellos, pero tomará como hilo conductor el problema de la prueba de la intención y la alternativa entre descriptivismo y adscriptivismo.”

Acerca de la explicación de las acciones

Mireya Bolaños Gonzáles

Acerca de la explicación de las acciones

En: Universidad de los Andes. Facultad de Humanidades y Educación – Maestría en Filosofía.

Resumen:

“La acción humana voluntaria no puede explicarse a partir del concepto de causas que tradicionalmente conocemos en la ciencia. La presencia de factores como la libertad, la voluntad y la capacidad de autodeterminación que posee el hombre constantemente en las manifestaciones de su comportamiento hacen que sus acciones voluntarias no puedan enmarcarse en el modelo lógico- racional de la causalidad. Sin embargo, tampoco la acción humana voluntaria puede conseguir una explicación racional a partir de otro modelo teóricoconceptual distinto al de la causalidad. Nociones como “motivo”, “razón”, “querer”, “decisión”, “deliberación”, han servido a los estudiosos para elaborar una explicación, explicación que en muchos casos ha tenido que reconocerse inconsistente e incompleta, pues las acciones humanas voluntarias no sólo están constituidas por la razón sino por otros elementos que debemos ubicar en un espacio de la naturaleza humana que sigue determinado por el misterio.”

Acción humana y explicación teleológica

Mariano L. Rodríguez Gonzáles

Acción humana y explicación teleológica

En: Anales del Seminario de Metafísica, Homenaje a S. Rábade. Ed. Complutense, 1992.

Introducción:

“No cabe duda de que el esquema hempeliano de la explicación científica ha venido constituyendo, desde la publicación del trabajo de Hempel y Oppenheim en 1948 [«Studies in the Logic of Explanation»], un punto de referencia obligado para toda la filosofía de la ciencia, hasta nuestros mismos días. Ni siquiera los tratamientos más relevantes y recientes de la explicación que las ciencias proporcionan, como los que debemos a Woodward, Salmon, Brody, Van Fraassen o Achinstein, han dejado de contar con el modelo nomológico-deductivo, aunque no fuera más que en tanto blanco de sus ataques. Para ese representante tardío del Empirismo Lógico que fue Hempel, como sabemos, la explicación es una argumentación deductiva, cuya conclusión es el enunciado explanadum, E, y en cuyas premisas, que constituyen el explanans, se pueden distinguir leyes generales, L1, L2,…, Ln, y otros enunciados, C1, C2,…, Cn, que hacen asertos acerca de hechos concretos.

De forma que la información proporcionada por explicaciones tales implicaría deductivamente el enunciado explanandum, con lo que ofrecerían una base suficiente para esperar que se produzca el fenómeno que se trata de explicar. Nos encontramos, así, con el principio neopositivista de la simetría entre explicación y predicación [¿predicción?]. Lo que importa es no pasar por alto que el énfasis recaía sobre esas leyes que conforman la premisa mayor del razonamiento: Hempel llegaría a poner de manifiesto la mismidad de su poderoso modelo, tanto si figurasen en él leyes de estricta forma universal, como si contuviera generalizaciones de carácter estadistico. En cualquier caso, todo inducía a creer que la explicación científica había adquirido al fin un sentido preciso y de reconocimiento universal…

Sin embargo, las leyes empíricas que para el neopositivista expresan meras regularidades, requieren asimismo explicación: y son las teorias las encargadas de suministrarla, al invocar entidades y procesos que subyacedan a lo observable, y que vendrian regidos por leyes peculiares, las leyes teóricas. Es asi como la ciencia natural termina por abrimos un universo diferente del cotidiano, a la vez edificándose sobre la imagen manifiesta de la realidad, y rompiendo epistemológicamente con ella. Y de aquí surgió, una vez más, la necesidad de la reflexión filosófica, puesto que el célebre enigma de las dos mesas de Eddington exige decidir si la imagen manifiesta y la imagen científica del hombre-en-el-mundo son dos descripciones compatibles de «lo mismo», como por ejemplo, afirma Ryle, o sí, por el contrario, la una es rival de la otra, debiéndose declarar falso, en último término, todo el mundo que nos entrega la «filosofía perenne», como parece pensar Sellars.

El problema es real: aunque afecte sólo a la física de partículas elementales, no se puede dudar de que este sector dc la investigación se ha revelado fundamental para todas las ciencias naturales. Además, por mucho que se quiera subrayar la primacía de la imagen científica, no se puede olvidar que es la imagen manifiesta la que nos proporciona el marco conceptual de las personas y de sus acciones, algo de lo que seria casi imposible prescindir, en caso de que tuviera algún sentido intentarlo. En efecto, los objetos de la imagen manifiesta son primariamente personas, mientras que la revolución científica moderna se halla ante todo volcada sobre la explicación del acontecer natural. Precisamente, el asunto del presente trabajo puede tomar como punto de partida expositivo un problema al que apuntan interrogantes como estos: ¿Cómo explica la Psicología la acción humana? Por otra parte. ¿tiene lugar, en el curso de la explicación psicológica, la mencionada ruptura epistemológica con el conocimiento cotidiano? Intentando responder a estas cuestiones iniciales, esperamos poner de manifiesto toda una problemática crucial para la Filosofía de la Psicología.

En principio, lo que podemos llamar el «imperialismo» del modelo N.-D. se traduce en el diseño hempeliano de la explicación motivacional, propuesto ya hace casi treinta años:

Explanandum:  «el agente X llevó a cabo (perfomed) el acto A».

Explanans:

  1. «X deseaba F».
  2. «X creía que hacer A era el mejor o el único medio de lograr F».
  3. «Siempre que un agente desea algo, y cree que la ejecución de determinado acto es, dadas las circunstancias, un medio de satisfacer su deseo. él lleva a cabo tal acto».

Pero a semejante homologación de la explicación de la acción humana con la científico-natural, es preciso objetar, entre otras cosas, que

  1. No se aprecia posibilidad alguna de llegar, por este camino, a una teoda científica en sentido estricto (o sea: de romper con el sentido común)
  2. Muy escaso carácter legal tendrían unas supuestas leyes que se refieren exclusivamente a individuos, y a individuos en momentos muy determinados. Davidson llama nuestra atención sobre el hecho decisivo de que la explicación N.-D. predice incondicionalmente lo que explica y además predice condicionalmente un conjunto infinito de otras cosas, lo cual no parece ser evidentemente el caso de la explicación de la acción humana que menciona las razones del agente.
  3. Más en general, las recientes discusiones sobre la naturaleza de la explicación, centradas en los aspectos ilocucionarios del explaining act, parecen concluir estableciendo tanto la imposibilidad cuanto la inconveniencia de unas supuestas «instrucciones universales» que constituyeran condiciones necesarias de las explicaciones científicamente válidas. Achinstein, por ejemplo, reconoce que «parece no haber un modelo no-arbitrario de corrección científica mínima».

Por consiguiente, a los ojos de la actual filosofía de la ciencia, resultaría de todo punto innecesaria la insistencia hempeliana en las leyes universales, y en la relación deductiva entre explanans y explanandum. Llegamos así a una situación de impasse, de la que sólo parecería podernos sacar la consideración de la acción humana propia de la psicologia científica contemporánea.”

Between Man and Nature

Hubert L. Dreyfus

Between Man and Nature

En: The Harvard Review of Philosophy – Continental Philosophy, 1991.

“The difference between the Natur and the Geisteswissenschaften, where the Geisteswissenschaften means the humanities, is obvious. What needs to be argued is that there is a basic methodological difference between the empirical disciplines that study nature and the empirical disciplines that study human comportment. In this case the Geisteswissenschafen means the social sciences. There are many ways to approach the question of the unity and differences between these two types of discipline. I want to talk about a difference in the goals of the social and the natural sciences. I will argue that the relation of a science’s practices to the object the science studies is different in the natural and social sciences, and that this difference leads to different disciplinary goals – explaining in the natural sciences and understanding in the social ones.

The attempt to draw a principled distinction between the methods of the natural and social sciences has had a surprising history. For a century the pressure to unify the sciences came from the attraction of the hard natural sciences as models for the soft social sciences. Those who opposed unification did so by arguing that the human sciences dealt with meaningful events and so required an interpretive approach different in principle from the covering law model of the sciences of nature. Just when the difference between the theoretical and the hermeneutic disciplines was becoming accepted, however, the line of attack suddenly shifted and now it has become fashionable to push for the methodological unity of the sciences by arguing that all disciplines are interpretive and their objects are all social constructs. The hope of hammering all of the disciplines into one hard objective science has thus given way to the desire to dissolve them all into a soft hermeneutical hash.

This second approach to unity is furthered by the fact that among philosophers any attempt to defend an essential difference between the hard sciences as converging on the objective truth about nature and the soft sciences as dealing with historically changing human meanings, has become suspect. On the one hand, Thomas Kuhn and others have shown that science has a history of radical paradigm shifts and have claimed that this undermines the argument that science is converging on the truth about nature. On the other hand, eliminative materialists, such as Paul Feyerabend, Richard Rorty and their followers, have convincingly argued that there is no in principle reason why a social science might not predict the behavior of human beings under some objective description that eliminates reference to everyday meaningful entities and events and to people as agents.

Since many philosophers are convinced that no argument for the in principle distinction between the methods of the Geistes and the Natnrwissenschafen can be defended, it has become increasingly unpopular among “post-modern” philosophers even to raise the issue. Still, there does seem to be an obvious difference in the current status of the two types of disciplines. Put crudely: the natural science’s progress while the human sciences do not. So, rather than attempting to distinguish these disciplines by looking for an essential difference in their objects that necessitates an essential difference in their methods, we should ask a more modest question: What is there about the practices of each type of discipline that accounts for the natural sciences’ ability to formulate objective theoretical truths about nature, and the social sciences’ failure to discover similar types of truths about human beings?

Anyone who wants thus to defend the disunity of the sciences must fight on two fronts. He needs to show that, even though physical science is a social practice subject to radical paradigm shifts, it can still reveal the way the world is independent of our theories and practices, and that, even though the human sciences deal with human beings who are, among other things, objects, they can never be objective. Since the task of arguing for a basic, if not essential, difference between the natural and human sciences is double, my paper will be in effect two mini-papers.”

Razón, acción y debilidad de la voluntad. Una lectura semántica.

Tomás Barrero

Razón, acción y debilidad de la voluntad. Una lectura semántica

(Reason, Action, and Weakness of the will: A Semantic Approach)

En: Ideas y Valores. No. 143, 2010, pp. 161-187.

Resumen:

“Este artículo desarrolla algunas de las ideas de Austin sobre las excusas destacando su carácter “dimensional” y conectándolo con la distinción de Searle entre intención en la acción e intención previa, para mostrar que la distinción modelada por el acto de habla original, entre debilidad de la voluntad y debilidad moral, se puede sostener en un marco teorético totalmente diferente, como el de Davidson, mientras que la clasificación dimensional de las acciones de Austin, no. Finalmente, el artículo muestra cómo la crítica de Grice a las observaciones de Davidson sobre la acracia es más fiel a Austin y más radical en sus conclusiones con respecto al carácter justificativo de las razones y a las características racionales de la acción.”